Laura conocía sus debilidades, sabía que por las mañanas solía pasear por las calles desde la ventana, que luego cerraría la ventana y dejaría corrida la cortina unos centímetros para que la luz solar iluminara el piso de ébano. Luego se afeitaría, mientras fuma un cigarrillo.
Ella le prepararía el mate, aunque lo odiara y se lo serviría encantada; encantada de hacerle bien, como agradecida por esos momentos de contemplación taciturna. Él le sonreiría, ante cada mate y no pronunciaría ni una sola palabra, hasta el final.
En las noches era un ángel que se movía al ritmo de cada campanada, de cada acústico.
Las cuerdas de esa guitarra olvidada vibraban toda la noche, ella soñaba con esa noche, con sus besos, con sus manos largas recorriendo cada centímetro de su cuerpo al jadeo, ella reconstruía su figura en cada caricia, él como olvidando el por que le seguiría el juego.
La noche pasa lenta y agitada, entre vino tinto, curvas y un cigarro ocasional, que ella comparte y endulzará la habitación, a ella le gusta creer que se impregnará también en esas calles azules que conforman su secreto.
A Laura le gustan sus secretos, algunos creen que ella vive por ellos, por las cosas que calla, cuando alguien la ve ella siente que se preguntan ¿quién es?, ¿qué esconde?, ¿qué calla?. Pero ella es libre así, sin contárselo a nadie, nadie sabe de sus amores, nadie sabe de sus tristezas, nadie sabe de sus fracasos, nadie sabe de sus viajes, nadie sabe de sus sueños. Ella cree que de esa manera no se ata a nadie.
Nadie dirige su vida. Esto es lo que le gusta de Elias, que nada le pregunta, sólo se aman toda la noche, sólo se sienten toda la noche, cuerpo con cuerpo parecen fundirse entre las sábanas, entre el sofá y el piso frió.
Al quinto mate, habrá de partir, ella no se apura pero tampoco lo retrasa. Se lo da, lo sorbe, se miran, le sonríe, toma su billetera, el bolso tejido y dice: ¡Hasta pronto! ¡Gracias!
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