jueves, 12 de noviembre de 2009

Duermes

Él hablaba de unas cuentas que había de pagar, y se preocupaba de los impuestos y las ganancias, yo miraba por la ventana, detrás de él, y fingía prestarle atención.
Sus ojos se iluminaban cada vez que me decía que lo tenia todo planeado y que no se le escaparía una a partir de hoy. Que estaríamos bien, que no me preocupara.
Por la ventana veía el atardecer rojo y algunas golondrinas huyendo apuradas del otoño. Se les hizo tarde. Detrás, unas nubes brillaban, un auto irrumpió mi silencio y vuelvo a él.
Recuerdo que me pare, lo tome de la mano, él me miraba como desorientado pero me seguía, parecía temblar, creo que siempre temblaba cuando yo actuaba sin hablar; frente a frente lo mire, como si lo viera por vez primera y notara la preocupación en su cara, sus ojos cansados y sus labios secos. Le cerré los ojos con mis manos y acerque mi boca a la suya, obedeció al beso y llevo sus manos a mi rostro, lo rodeo de calor y seguridad. El beso duro un segundo más que la eternidad.
Lo que sucedió después es secreto, es misterio, pero no rutina.

La ventana sigue abierta, ya es de noche, unos rayos de luna se cuelan en las cortinas del otoño.

Duermes.