Se nota que ha llovido, el frío se levanta lentamente y la acera respira, respira hielo siberiano, respira barro y pisadas desordenadas, te extraña a tí.
Los rostros viajeros sueñan al mirar por la ventana, piensan y se dejan llevar por la maquinaria, nada más pueden hacer. ¿Hace cuanto esta funcionando esto? La disposición de las cosas nos vino impuesta, y hay muy poco por cambiar. Lo he contabilizado cada dos paradas sube o baja alguien, mi camino es más largo, del centro al bajo debe haber unos 45 o 50 minutos, sin contar los semáforos que me interrumpirán el tiempo, pero no el camino.
Un niño garabatea su nombre en el vidrio empañado, no llego a leerlo bien, parece escribir Marcos, una adolescente escribe con liquid-paper en el respaldo del asiento delantero, quizás su nombre y el del chico que por el momento le ha robado el corazón -¿Quién no lo ha echo alguna vez?-, el gordo frente a ella le mira la falda, pervertido.
Todos saltamos y nos detenemos al ritmo que nos impone el conductor y la rutina de los otros, que nos acompañan a la salida del autobus, que nos cruzamos al bajar, que nos cruzamos en el ascensor, en el supermercado, en el banco, en la escuela, en el hogar.
El sol nos miente con sus rayos, alguno le han creído y salieron con una chaqueta de jean y ahora se esconden debajo del cuello de la misma que nada hizo para que le respiren y le mojen con el vapor de esas bocas, mentirosas y ruines casi todas.
Los árboles de las plazas están desnudos y los gorriones se hamacan en sus ramas, la mayoría de esas ramas son muy delgadas pero ellos no se caen al aterrizar de su vuelo, -¿de dónde vendrán?- a ellos el frío no les engaña, salen en pareja y se juntan, abren su pecho y miran al sol, que suavemente les abraza.
El gordo baja en la misma parada que la chica, creo que no es bueno, creo que esta mal, creo que debería prevenirla, pero nada hago otra vez; para mi tranquilidad ella toma una dirección contraria a la del pervertido.
No quiero llegar al departamento, quiero seguir viajando, quiero que la maquinaria me lleve lejos, quiero perderme en esta inmensa y maravillosa ciudad y no encontrarme jamas, quiero mimetizarme con sus edificios grises, con sus calles y sus veredas, quiero dejar de existir como tal y olvidarme de todo lo que me rodea o lo que alguna vez me rodeo.
Nada de esto pasara, hasta que tú lo dispongas.
Bajo, la pendiente me parece fácil de subir, increíble siempre me agito, siento una fuerza que me empuja, siento ganas de correr, de saltar, de gritar. Llegaré a casa y pondré música.
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